domingo, 14 de abril de 2013

La lucha contra la crueldad animal y sus matices


Por Alejandra Cabral Becerra


Voces se han alzado para exponer a los defensores de animales como misántropos defensores de lo trivial, e incluso, hipócritas deshumanizados que sobreponen el bienestar de un animal al de su vecino humano, usando el argumento de que no hay cabida para la lucha contra la crueldad hacia los animales en un país gobernado por la violencia ((asolado por la violencia (ilimitada) entre congéneres / que no conoce límites)).  
¿Por qué este argumento es falaz? En primer lugar, pasa de largo la correlación que existe entre la violencia entre humanos y la violencia hacia los animales por parte de humanos. En segundo, crea un estigma en contra de los defensores del bienestar animal que de hecho los “deshumaniza” para convertirlos en tiernas e / insensatas caricaturas alienadas del mundo real y sus prioridades… ¿los animales tienen derechos? ¿Qué sigue, la defensa de las alfombras y los inodoros?”. Por último, ignora que en la ciencia de la moral y las acciones humanas (la Ética) se produciría un extraño vacío al minimizar la problemática del trato a seres ‘sintientes’ y prácticamente indefensos (carentes de mecanismos sofisticados de defensa) por el hecho de no llevar consigo la etiqueta de “Humano. Nota: Humano=Prójimo Instrucciones: ¡Respetarlo!”.
Un juicio simplón y desinformado nos llevaría a creer que en la lucha contra la violencia, el primer paso y el único importante es erradicar la que afecta a los humanos. Dicho sea de paso / Cabe mencionar que no hay violencia que no provenga del hombre, pues el mecanismo de defensa que usan los animales es instintivo y proporcionado al estímulo que lo provoca, por tanto le corresponde una denominación distinta: agresión. Pero resulta que, si consideramos la escalera de la violencia como una jerarquía en la que la parte más alta está ocupada por actos de humano a humano (en los que uno de los humanos inferioriza al otro para convertirlo en un mero receptor de lo que algunos llaman “pulsiones de muerte”), no podemos dejar de lado que ese precisamente es el tipo de violencia más difícil de revertir o controlar (y vivir para contarlo, lo cual imagino es una prioridad).  
Es claro que ningún animal —ni siquiera nuestro fiel “Pulgoso” dispuesto en cualquier momento a dar la vida por nosotros— se va a poner a redactar leyes que protejan el bienestar humano. ¿Por qué nos deberíamos molestar en defender la vida de un tigre que a la primera oportunidad nos convertiría en aperitivo? ¿Por qué debería interesarnos el bienestar de gatos “convenencieros, perezosos y arrogantes”, como solemos representarlos?... (Es un hecho curioso que los que sugieren que no debemos poner límites a los usos y abusos que hacemos de los animales, son de los primeros en conferirles características humanas —muy a su conveniencia— haciendo referencia a “la nobleza de un toro bravío”, “la vocación de un gallo de pelea”, etc.)
La respuesta es que, la prevención y denuncia de la crueldad hacia los animales está inextricablemente ligada a la lucha en contra de la violencia injustificada e inadmisible de cualquier tipo. El bienestar animal es por tanto un asunto decididamente humano, que tiene consecuencias tanto éticas como prácticas en la esfera de lo social.
El “simple” hecho de hacerle comprender a un niño que no se debe patear o arrollar a un perro simplemente porque es callejero (i.e. “no es de nadie”, “no tiene voz”), es una labor social de importancia incuantificable, pues implica dar inicio a un proceso de maduración, psicológicamente complejo, que tendrá un efecto definitivo en el desarrollo de un individuo y por ende, en actitudes sociales: la construcción de fibra moral y autocontrol, de integridad personal. 
La importancia de conceptos como los anteriores análogos a los de “educación” y “valores” ha estado por mucho tiempo a la luz de los reflectores, los políticos escupen con tanta frecuencia estas palabras en sus discursos que de hecho consiguen, a un nivel semi-consciente, abaratar y disminuir la trascendencia fáctica de la educación y la práctica de los valores; para convertirlos en muletillas políticamente correctas que hacen referencia a “ideales inalcanzables” y poco rentables, en un país en el que la ley del más fuerte (con el peso muerto de su consciencia subdesarrollada a cuestas) es la que gobierna.
Pero los clichés y los discursos desabridos por parte de individuos de cuestionable calidad moral, no deben hacernos obviar el hecho de que la educación en valores es quizá la única herramienta generadora de cambio social sustantivo.  Esa educación no es una labor simbólica, es un derecho y una obligación, no tiene por objetivo simplificar la realidad, sino problematizarla, a través de personas dotadas de juicio y de sensatez propias (no rentadas ni improvisadas); personas que dejen de refugiarse en el cómodo papel de víctima, en el estigma de que “nosotros somos los buenos” porque no le hacemos daño a nadie… para empezar a considerar la hipótesis de que, sin martirizarnos, podemos ser parte de la solución.
Una realidad “tan surreal” como la que nos orilla a no llevar más la cuenta de los muertos y tomar discretamente una píldora de “quizás se lo merecía” como ansiolítico, tiene un efecto innegable en la mente y la conducta de las personas. Hay distintos “mecanismos de defensa” ante tal desgaste emocional. El pesimismo crónico, la apatía (casi) total es uno de ellos, muchos dicen que son ellos y no los “malos” los que cargan con la culpa de cualquier situación adversa generalizada (que dependa del factor humano para mantenerse o generar un estancamiento), yo prefiero creer que son ellos los que tienen el gran potencial de disparar el uso de la maravillosa capacidad de transformación (¡no sólo adaptación!) humana.
Tal vez pueda considerarse a una minoría peculiar de la sociedad, los protectores de animales (que vienen en varias formas, tamaños y sabores), como un grupo heterogéneo proto-filantrópico. Cierto es que algunos de ellos manifiestan rasgos misántropos (en el extremo están aquellos que usan la protesta para dar vuelo a conductas anti-sociales… los radicales son parte de cualquier “causa” y más concretamente, son inherentes a cualquier manifestación). Pero la mayoría de los defensores de los animales no son ni terroristas ni patológicamente inadaptados. Muchos de ellos son personas que viven en esta misma “infra-realidad” pero en lugar de volverse completamente apáticos y sumirse en la impotencia, optan por simplemente “poner su granito de arena”, considerando que una forma de hacerlo es proteger a esos “otros” sin voz (que además suelen ser peludos y apestosos, y han sido nuestros compañeros de lucha, de sobrevivencia y muerte en este mundo “darwiniano”, por escasos 14 mil años…). Para ayudar a un perro huesudo y pulgoso no tienes más que darle croquetas, abrirle la puerta de tu casa y proporcionarle algunos cuidados relativamente sencillos y baratos… ¿Deberíamos considerar a esta acción discreta y simbólica de empatía por el “otro” como una amenaza a la moral humana? ¿Cómo un atentado a los principios de filiación entre seres humanos?. Hay quienes piensan que sí, que proponer que exista algo tal como los “derechos de los animales” es un insulto a la dignidad humana, y defender el derecho al no maltrato de los animales implica hacer un lado el hecho de que muchos de nuestra especie son de hecho tratados cual si fueran “menos que animales”. En un juicio así de simplista no hay lugar para los matices o para las pequeñas acciones de nobleza (que no necesariamente implican “debilidad” sino, con frecuencia, lo contrario: autonomía, autoconfianza, empatía, sensibilidad).  Tengo la fortuna de conocer a defensores de los animales comprometidos y  lo último que diría de ellos es que no son humanos o íntegros,  o que “por el bien” de no complicarse la existencia prefieran olvidarse del prójimo. Hay que tener más respeto por los seres humanos y su irreductible complejidad, tan sólo por la certeza de que el cambio no sólo depende de seres hercúleos y apoteósicos, la historia también ha sido escrita por gente que se toma el tiempo de “oler las rosas” mientras pasea a su perro. 

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